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Entrevista a Martin Borquez

¿Cuál es la tesis general del libro?

La Mercantilización del Yo es un libro de carácter polisémico, que adopta, como un espejo, el espíritu transicional de una sociedad contemporánea enfrascada en constante cambio y devenir. Y digo “cambio” y no progreso, porque es precisamente esta ambigua noción occidental de progreso la que pongo en tela de juicio a lo largo de los 8 epígrafes que componen la obra. Sin ir más lejos, es este espíritu transicional el encargado de detallar el declive epistemológico que acontece a la actual esfera moderna. En tal sentido, y entendiendo como esfera a los paradigmas ontológicos que han dominado la vida humana a lo largo de su historia, podemos esgrimir que, si el siglo XIX estuvo dominado por el paradigma económico, y el siglo XX por la hegemonía técnica, el siglo XXI nacerá como el “gran híbrido heteróclito” subordinado políticamente a ambas influencias. Es precisamente esta transición, políticamente indefinida, la que ha marcado el declive social de nuestra civilización, pues no son problemas puramente económicos o técnicos los que debemos sortear, sino que es una mezcla impoluta de ambos factores que, al no encontrar una coexistencia pluralista, se han instrumentalizando en el inconsciente colectivo de nuestra civilización, doblegando la subjetividad del individuo social, subvirtiendo sus proyecciones críticas e introyectando así las debilidades de un sistema que reproduce violencia y coerción a través de una persuasiva experiencia de libertad.

 

 

¿En qué punto La Mercantilización del Yo es novedoso?

Esta obra nace dentro de un paradigma cultural donde todos los deseos y goces son permitidos. Donde la exhibición porno-digital del cuerpo, a través de la ubicuidad de las pantallas, se transforma en identidad y culto social. Donde internet funciona como una matriz generadora de nuevas pautas sociales, culturales y económicas, que prescriben el vouyerismo del ver y el fetichismo del ser como los nuevos imperativos categóricos de validación personal.

Hoy todo se exterioriza, todo se publica, todo se massmediatiza. La conectividad, el aislamiento y la simultaneidad que suponen las redes sociales han modificado las expresiones semánticas del Yo para volverlas fungibles, vacías y acríticas. La soberanía política ha sido sustituida por el poder económico digital. La tecnología ha despolitizado a la sociedad, re-polarizando la libertad de expresión hacia la intolerancia de clases, el oscurantismo digital y el separatismo social. El capitalismo de control y vigilancia ha mutando nuevamente su constitución política para volcarse a una heteronomía digital de características omniabarcantes… El que debe juzgar si esto es novedoso o no, al fin y al cabo, será el lector…

 

¿Cuáles son los males sociales que nos afectan, a tu modo de ver?

Sin lugar a dudas, uno de los principales problemas sociales que hoy nos afectan como humanidad es la preocupante hipertrofia comunicativa que nuestros cerebros, no adaptados genéticamente, deben soportar a diario. La marcada tendencia al exceso de ruido informacional reduce dramáticamente la capacidad de retención, análisis y reflexión de las ideas. Esta problemática, tan naturalizada y desapercibida por las nuevas generaciones, se disemina como un rizoma cultural que no solo se encuentra modificando ciertas variables cognitivas de nuestra mente, como la concentración; sino que también está obstaculizando las formas de entender un mundo que gira, cada vez más rápido, en torno a la adictiva inmediatez de los estímulos digitales.

Sin embargo, lo atingente de este problemática no se reduce tan solo a la exponencial rapidez de tráfico informativo, sino que se encamina también hacia la posición que el Yo social ha tomando dentro de la cultura de la información. Si nosotros como sociedad no podemos ver lo que hay más allá de nuestras narices, la probabilidad comunitaria de ser empáticos y de entender cuáles son los problemas que hoy nos aquejan se reduce a un valor marginal. En este sentido, lo que ocurre con nuestras sociedades neoliberales de consumo, deseo y goce es que nuestro Yo se encuentra ocupando el primer plano del mundo, lo que es muy enigmático, puesto que naturalmente, debería encontrarse en la periferia, observando atentamente lo que sucede. El problema de esta “transposición de roles psíquicos”, es que nuestra atención se desplaza de lugar, disminuyendo la claridad que necesitamos para analizar y comprender de forma crítica nuestro entorno social, entregándonos así a una ceguera colectiva que no afecta a nadie más que a nosotros mismos. Es evidente que el sistema político que nos domina, nos quiere despolitizados y preocupados de cualquier cosa, menos de nuestros derechos y libertades civiles. Al parecer este es el precio que debemos pagar por haber sustituido, ingenuamente, el conocimiento por información. No olvidemos que la información es directamente proporcional a un enrevesado sistema de control; y que informar es decir lo que se supone que hay que creer…

 

¿Consideras que vivimos en un mundo cada vez más mercantilizado?

Es una pregunta compleja, ya que la mercantilización del mundo no solo debe apreciarse como una mera crítica a los mecanismos de mercado, sino que también deben ser evaluados otros factores, como la desigualdad social, el empequeñecimiento del espacio público o la cosificación del individuo frente a una comunidad heterogénea que presenta diferentes escalas de vulnerabilidad social. Ahora bien, bajo el alero del capitalismo, es ya casi una entelequia imaginar un mundo donde el dinero no sea el centro de todo, muy por el contrario, hoy la mayoría de los individuos buscan maximizar sus intereses individuales en base a una evaluación comparativa de costos y beneficios; tal manera de entender la realidad genera, indefectiblemente, una dinámica económica de estar situado en un mundo atiborrado de intersubjetividades mercantiles. Por lo pronto, la única vía que tenemos para contrarrestar esta intrínseca tendencia mercantil es la des-mercantilización del mundo, la cual tendría que entenderse desde una óptica des-matematizada de la vida, en la que no solo el reparto de los bienes públicos sea prioridad, sino que también se lleven a cabo políticas sociales que funcionen como continuos dispositivos de desarrollo social, consuetudinarios per se, a las prácticas culturales del cuerpo civil.

 

¿Cuál puede ser la respuesta frente al “capitalismo salvaje”?

Mientras el capitalismo de Estado progresa, su contraparte, la ciudadanía social, retrocede. Así mismo, la naturalización del capital ha diseminado una triada ontológica de negocio-crédito-utilidad que indica que toda sociedad debe ser gobernada en términos empresariales. En este sentido, el crecimiento espectacular de las corporaciones más ricas sigue formando conglomerados fácticos que se benefician por sobre toda legislación tributaria. Lo complicado de dicha situación es que hoy, la socialización de la producción va de la mano con Google y sus sucedáneos, lo que implica una manera muy persuasiva de relacionarnos con el capital, haciendo difícil crear una disidencia ideológica con argumentos realmente objetivos. Si te fijas, el capitalismo se encuentra arraigado desde nuestro inconsciente colectivo a nuestras nuevas formas de relacionarnos con el ambiente, como dicen por ahí, “cuando todas las creencias colapsan, solo queda el capitalismo”. Lo único que puede doblegar a estas fisionomías capitalistas es el posicionamiento crítico, instruido y radical frente a la desarraigada colonización económica de nuestras relaciones inter-personales, de otro modo, seguiremos bajo el yugo de un entronizado imperialismo policéntrico que eufemiza descaradamente todos sus dispositivos de control, vigilancia y dominio.

 

¿Qué elementos pedagógicos pueden contraponer otra cultura existencial?

En materia de políticas públicas, información y actualidad, el elemento pedagógico por excelencia es la Transparencia; este delicado principio, por ningún motivo, debe depender de empresarios privados o de quienes se encuentren, transitoriamente, en el poder público, de lo contrario continuarán ocurriendo opacidades en términos de Transparencia fiscal, las cuales, por cierto, solo seguirán beneficiando a una delimitada clase política, dificultando así la emergencia de debates democráticos que pongan fin al periclitado modelo económico que hoy nos rige. Por otro lado, y en aspectos civiles, el correcto uso de la Transparencia debe limitarse solo a ciertas esferas sociales, de ninguna manera puede extenderse a toda la sociedad, pues un espacio civil sin privacidad es un espacio totalitario. En este aspecto, es menester lograr un equilibrio entre la Transparencia y el respeto a la vida privada, sin esta regulación, la isonomía social que defienda los derechos civiles y políticos de los ciudadanos no podrá realizarse jamás.

 

¿Qué te motivó a escribirlo?

El leitmotiv que gatilló la escritura de esta obra fue, sin duda, el colosal impacto que recibí al darme cuenta del pésimo uso que, como sociedad, le estamos dando a las tecnologías digitales. Este paralogismo colectivo ha provocado lo que a mi parecer es el resurgimiento de un nuevo “oscurantismo histórico”. Si bien, las interpretaciones respecto al tema pueden ser subjetivas, los cambios que ha sufrido el ethos cultural contemporáneo son inobjetables. Todo parece indicar que dicho declive no deja de exhortar a las masas hacia una curva hiperbólica donde el conocimiento decrece exponencialmente en pos de la información.

 

¿En qué proyecto estás trabajando ahora?

En un estudio político abocado a la crítica social de las desigualdades, el cual, si todo sale bien, espero tener listo a fines de este año.

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