Te quise ayer: la última nivola de Luis Anguita

(La literatura como arma de indagación transformadora)

Con el término nivola, aplicado a su obra Niebla, Miguel de Unamuno, quería marcar la diferencia entre la indagación del mundo interior que planteaban algunas de sus obras frente a la novelar realista clásico.

Unamuno pensaba que la novela al uso se había incapacitado para explorar lo realmente esencial en el ser humano, su entidad profunda, individual, esencial.

Niebla narra la historia de Augusto Pérez, un personaje hosco y filosófico que se enamorará de Eugenia, y consagrará sus esfuerzos para conquistarla.

Te quise ayer, la última novela de Luis Anguita, es la historia de Marcos, un personaje huraño, solitario, que se enamorará de Sofía y consagrará sus esfuerzos a conquistarla.

Tanto Unamuno, como Luis Anguita, y sus protagonistas respectivos parecen más interesados en el universo interior, personal e intransferible, de cada uno de ellos, con sus respectivos problemas, que el análisis de los condicionamientos sociales y la culpabilización colectiva que en la que suele enredarse el novelar al uso.

Ambos hilan sus obras como «relatos dramáticos acezantes, de realidades íntimas, entrañadas, sin bambalinas ni realismos en que suelen faltar la verdadera, la eterna realidad, la realidad de la personalidad» como define el propio Unamuno a las nivolas.

Curiosamente, Unamuno, concibe que a la novela realista le falta lo esencial: “la eterna realidad de la personalidad”.

El cambio de enfoque supone también un cambio en la forma y en la estructura del novelar: Ambos autores dan prioridad al contenido sobre las forma, y caracterizan a sus personajes por un único rasgo de su personalidad, una idea o una pasión que los catapultan a una especie de intro-revolución, que les permitirá afrontar el caos.

En realidad, se trata de una rebelión de los personajes en contra de su propio destino.

Consecuentemente, ambos acaban enfrentándose, a vida o a muerte con sus propios autores en el caso del unamuniano Augusto Pérez, ya se sabe, pierde la batalla al intentar cambiar el guion para salvarse a sí mismo.

Marcos va mucho más lejos: no se conforma con cambiar el final, se apropia de la pluma y se proclama autor de la novela para reescribirla, reescribirse y recrearse a sí mismo. ¿Resultado? Eso pertenece al secreto del sumario que el lector desvelará; lo importante es el arma que utiliza Marcos para trazarse un destino digno: la literatura.

Personajes arquetípicos

Lo interesante, tanto de Augusto Pérez como de Marcos, es que encarnaran la quintaesencia del ser humano contemporáneo condicionado por  una sociedad experta en la manipulación mediática, en el adocenamiento y en la asfixia del mundo interior, individual, intransferible de cada cual.

Ambos personajes se rebelan contra el prosaísmo sofocante, contra la dinámica del economicismo que extirpa todo cuanto no es útil para convertirnos en máquinas productivas.

La literatura como medio de liberación

Y la originalidad de Luis Anguita y de Marcos (en este caso coinciden autor y personaje) es la elección del arma escogida para salir del marasmo: la literatura, la novela re-escrita a cuatro manos entre ambos utilizando la técnica “nivolista” de dejar que sea el factor interno el que marque la pauta. Ambos ponen la fe en la preponderancia de la inspiración interna sobre las preocupaciones laborales o el papel social algo totalmente revolucionario en estos tiempos de practicismo economicista.

No existe vida privada sin un guion íntimo, personal, que dé sentido al universo particular, no existe singladura vital si no es nuestra propia mente la que la promueve, si no son nuestras propias manos las que se encargan del timón.

Solo podremos cumplir nuestros proyectos cuando se nos hayan sido revelados por ese sueño de los despiertos que se llama lenguaje interno, conciencia personal. No podremos plantar nuestros designios si previamente no hemos cultivado un plantel interior, mediante la palabra inspirada.

Este es el mensaje “nivolístico” tanto de D. Miguel como de D. Luis y sus respectivos personajes.

En “Te quise ayer”, el cultivo de la literatura permite a Marcos desamordazarse, liberarse del eco del rebaño para forjar su propia voz, canalizar la riqueza de los sentimientos que hasta ahora permanecían asfixiados. La literatura como plasmación y realización de nuestros sueños, como oráculo imprescindible para conocer nuestras facultades, para liberar nuestros miedos, para tender redes de luz que nos conecten con los otros, pero también como medio de dotar de trascendencia a nuestra existencia, como manera de fijarla, más allá de nuestros límites biográficos. La creación literaria como recreación vital, como liberación del silencio de los corderos.

No existe viaje sin guion previo y quien lo escribe marca el destino. Marcos decide hacerse dueño del relato de su propia vida, activar el último recurso (“nos queda la palabra”) y con su ejemplo invita al lector (un lector es siempre y necesariamente un re-escritor) a hacer lo mismo: a dejar que sea la voz interior, la más auténtica de cada uno, la que modele la singladura, la que haga aflorar el mundo afectivo, interior, la que desvele el rico mundo sentimental que haga posible, como el olmo del Duero, el milagro de nuestro reverdecer como personas.

Hay otras muchas motivaciones por las que leer Te quise ayer, personajes robustos (el tío del protagonista), tiernos (Sofía), lúcidos (Elena, la librera), pero, aunque solo fuera por esta reactivación de la nivola, por la rebeldía literaria, transformadora, deberíamos leer esta obra y, lo que es inevitable, poner en marcha nuestra propia nivola vital.

José Membrive

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